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P. Juan Jose Mendoza

MI ROMANCE  SACERDOTAL  

(P. Juan José Mendoza)P.Juan_Jose_Mendoza

 

Mélida  era feliz con su hijita, pero pedía a Dios un varón.  Su plegaria fue escuchada y el 17 de febrero de 1948 (aunque en la partida dice el 19), nací yo, Juan José, ayudado por la comadrona, mi tía Gregoria Mendoza. Después de  cumplir su tarea, la tía pasó el día en los oficios de la casa y fumando cigarros de tusa con tabaco picado. Fui bautizado por el Padre Gandolfo el 11 de marzo, y confirmado dos meses después.

Durante la fiesta patronal de Nombre de Dios en Cabañas, El Salvador, el 11 de febrero de 1951, en honor a la Virgen de Lourdes, tuvimos la visita de tío Daniel Mendoza, quien vivía cerca de San Pedro Sula, Honduras.  Después de un efusivo saludo, se acostó en una hamaca, dormitando, mientras procesaba ideas y recuerdos de sus antiguos coterráneos, a quienes pensaba visitar. Eran ocho días de camino a pie. Es uno de los primeros recuerdos que guardo. Él  me acariciaba y me hablaba a la manera que entiende un niño de dos años.

 

En 1953, mi papá me comenzó a llevar a la milpa, para acompañarlo, sentado sobre alguna piedra, que como tortuga gigantesca, sobresalía entre la hierba. Todo se volvía cotidiano, silencioso y repetido, mientras añoraba estar en  casa. Me hacía falta mi mamá, pues yo era su compañía cada vez que iba a la iglesia o a visitar a los vecinos. El tiempo iba pasando y el costo de la vida desalentaba a mis papás. Veía cómo mamá se enfermaba con frecuencia. Pero al igual que al chocar en las piedras el río canta al Creador, ella hizo oración su dolor, aferrada a la vida

 

La primera vez que recuerdo que mi papá me llevó a Sensutepeque, nuestra ciudad, fue el 3 de noviembre de 1953; yo tenía cinco años.  Como no teníamos bestias para montar, tuve que caminar los 25 kilómetros que distaba.  Lo que más recuerdo de la ciudad es una camioneta; veía que era como una casa de lata que se movía echando humo por cuernos; posiblemente conectaba mi imaginación con las vacas. De regreso, el siguiente día, me agarró dolor de piernas, que no aguantaba; además el sol estaba caliente y el camino quemaba mis pies descalzos.  Así  terminé los 50 kms ida y vuelta, adolorido, pero muy emocionado, contando mis historias.  Mi papá vació su pesada alforja ante los ávidos ojos de mis hermanas, que esperaban las golosinas.

 

Las calles de Sensuntepeque eran empedradas, la pavimentación terminó con ese rasgo cultural, que en países más desarrollados mantienen. Las casas eran amplias, con portales, y los llamados mesones, donde llegábamos a “posar” (hospedarnos) los campesinos. Dormíamos en el suelo, en los corredores de los mesones, que hedían a orines y estiércol de caballos y mulas. Los campesinos, a veces, éramos maltratados por los “poblanos”(de la ciudad), porque nos veían con caites o descalzos, sudados y demacrados.

 

En 1955 yo quería ir a la escuela, pero mi Papá no me permitió, sólo me quedé con las ganas. Desde  mi primera comunión, a los siete años, yo quería ir a la escuela, pero fue hasta la edad de 10 que pude matricularme. Yo quería estudiar, porque ya pensaba ser sacerdote, pero la pobreza, las enfermedades y tantos problemas culturales se oponían a mi deseo. Y rezaba todos los días, esperando un milagro. Cada vez eran menos las posibilidades, cada vez más pobres.  Mis papás decidieron ir a vivir a Honduras. En  la frontera entramos a una casa, donde  dos hombres almorzaban y de lo que les sobró, en el mismo plato nos dieron a otro niño y a mí; eran macarrones o algo parecido y revuelto, que sentí muy sabrosos.  Nunca antes había comido tales manjares.

 

En Siguatepeque, Honduras, dormimos en un segundo piso de una pensión, pero yo pasé muchas horas despierto, triste, recordando a “mama Cruz”, nuestra abuelita, cuyo recuerdo, cariño y ternura guardo en el mejor relicario.  ¡Cuánto deseo de sentir el pasado, cuánta nostalgia de comunión familiar, de volver a sentarnos juntos, escucharnos, platicar! El siguiente día llegamos a Villanueva, Depto. Cortés ,  donde nos quedamos a vivir.

 

En febrero del año 1957 regresamos a vivir en El Salvador. Llegamos donde “mamá Cruz”,  quien llorando de emoción nos dijo:”Entren por vida suya, que están en su casa”. Dos días después, al amanecer, nos fuimos a nuestra casita, que nos esperaba  solitaria, donde rezamos al Señor que nos arropara de esperanza y recibiera nuestra aurora llena de alabanza.

 

En 1962 nos fuimos nuevamente a Honduras a vivir. Dejar nuestro terruño no era fácil, pero salimos de casa, avanzando dolorosamente golpeados por las circunstancias. Esta vez íbamos por otro camino, donde había que caminar a pie durante tres días hasta donde podíamos tomar el bus. Llegamos al río Lempa, donde una canoa reposaba en la margen con nostálgica quietud.  La alquilamos para cruzar el río, mientras una garza pensativa nos observaba.

 

Ya viviendo en Honduras, yo insistí en exponer a nuestro Párroco mi deseo de estudiar para sacerdote. Desde que hice mi primera comunión a los 7 años hasta los 17, le recé todos los días a San José, pidiéndole me ayudara a ser sacerdote.  El viernes 19 de marzo de 1965, acompañado de mis papás, me llevó el Padre Pedro Ortiz, C. M. a la casa de los Padres Paulinos de la Catedral de San Pedro Sula. Era la fiesta de San José cuando ingresé. Para mí fue milagro por su intercesión, pues le había rezado durante diez años. Al terminar sexto grado me mandaron al Seminario Menor  de los Padres Paulinos en Quetzaltenango, Guatemala.

 

En 1969 El Salvador y Honduras pelearon una guerra. Después de casi dos meses de prisión, mi Papá fue liberado e inmediatamente viajaron para El Salvador. Siendo dos de mis abuelos hondureños  y muchos parientes, yo también me siento bastante hondureño.

 

En 1978 me mandaron a Estados Unidos a estudiar la teología. Un día antes de mi partida, Miguel, mi hermano, me dijo:”Te vas cuando más te necesitamos”. Nunca más lo volví a ver; pero mi mamá pidió a un fotógrafo que nos tomara una foto a los cinco varones.  El 5 de julio 1980, en una oscura madrugada, mis papás y los hijos solteros, huyeron para Honduras.   Ser joven era peligroso en El Salvador.

 

El 7 de abril de 1981, Miguel fue secuestrado y desaparecido por la policía de hacienda de El Salvador. Alguna vez Miguel había dicho a nuestra mamá, que si moría en su esfuerzo solidario por los pobres, iba a ser como un mártir. Nuestra madre Mélida comentaba aquellas palabras y decía: “Sí, yo sé que mi criatura está en el cielo, porque se sacrificó como Cristo por el pueblo”. Yo evitaba hablar de Miguel con mamá y creo que también los demás hermanos, para no hacerla sufrir.

 

El 13 de junio de 1981, habiendo regresado de Estados Unidos, donde estudié la teología, fui ordenado Sacerdote por Mons. Jaime Brufau, C. M. en San Pedro Sula, Honduras. La catedral estaba llena, pero sólo pudieron asistir mis parientes que vivían en Honduras. Así concluí aquella primera etapa de romance en mi vocación sacerdotal.